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30 diciembre 2025 Ahorro y futuro

Ahorrar e invertir parece sencillo, pero hay errores muy comunes que pueden poner en riesgo nuestros objetivos financieros. Estos son los cinco fallos más habituales y cómo evitarlos para no llevarnos sustos innecesarios cuando se intenta rentabilizar nuestro dinero.
Retrasar el momento de empezar es uno de los mayores lastres para la rentabilidad. El tiempo es el mejor aliado del inversor gracias al interés compuesto: cuanto antes se comienza, más años trabajan los rendimientos a tu favor. Además, la constancia —aunque sea con pequeñas aportaciones periódicas— ayuda a suavizar las subidas y bajadas del mercado y evita tener que hacer grandes esfuerzos en el futuro. Empezar tarde obliga a ahorrar más para conseguir el mismo objetivo.
Por atractiva que parezca una oportunidad de inversión, hay que contemplar siempre la posibilidad de que se incurra en pérdidas. Recuerda que toda inversión, por segura que parezca, tiene un riesgo, por pequeño que este sea. Y si esa inversión concentra todo nuestro ahorro y finalmente no marcha bien, tendremos un problema que podíamos haber evitado si hubiéramos diversificado nuestras apuestas. Una cartera equilibrada reparte la inversión entre distintos tipos de activos (renta fija, renta variable, liquidez, inmobiliario, etc), geografías y sectores. La diversificación no garantiza beneficios, pero reduce el impacto que puede tener una mala evolución puntual en una parte del mercado, y permite que unos activos compensen el comportamiento de otros.
El miedo y la euforia son enemigos habituales del inversor. El miedo lleva a vender en caídas y consolidar pérdidas. La euforia empuja a comprar cuando “todo sube”, muchas veces en máximos, por miedo a perdernos esa “oportunidad”. Las decisiones emocionales, ligadas al momento, suelen ir en dirección contraria a lo que dicta la lógica del largo plazo, la que debe guiar la filosofía de inversión, por regla general. Seguir un plan de inversión, revisar la estrategia solo en momentos necesarios y evitar reaccionar impulsivamente ayuda a mantener el rumbo.
La rentabilidad real no es lo que se ve en el extracto del banco, sino lo que queda después de impuestos y de descontar lo que ha subido la inflación en ese periodo. Un producto muy rentable puede ser poco eficiente fiscalmente y un ahorro que no crece por encima del aumento de los precios significa perder poder adquisitivo. Tener en cuenta el impacto fiscal y elegir vehículos que optimicen la tributación, así como buscar rentabilidades que superen la inflación, es esencial para no llevarse sorpresas.
Intentar gestionar el ahorro sin conocimientos suficientes o sin una estrategia bien definida puede derivar en errores evitables. Un asesor ayuda a definir objetivos, evaluar el riesgo adecuado, seleccionar productos y mantener la disciplina en época de turbulencias. También aporta criterio para entender la fiscalidad y construir una cartera diversificada y eficiente. Su papel no es solo recomendar productos, sino acompañar y ordenar la toma de decisiones.
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